En su practica habitual un buen número de arquitectos, y demás fauna de diletantes adscritos, cuando pretenden exponer o explicar los fundamentos y razones de sus obras, o de las ajenas, suelen recurrir a variados lugares comunes de carácter teórico, proyectual, constructivo o técnico.
Así, por ejemplo, se explayan (nos explayamos) con reiteradas referencias a la importancia de supuestos conceptos “superiores” como pudieran ser la unidad en la composición, la simbiosis entre estructura y piel-cerramiento, el mágico resultado del binomio función-forma, la deseada fusión entre interior-exterior o la relación de la obra con el lugar, la memoria, y la historia (pueden usarse estos argumentos, otros o los contrarios, que todos valen). Además, para remarcar que uno está en la modernidad todo ello se adereza con constantes guiños a las cuestiones ecológicas de sostenibilidad, reciclaje, ausencia de huella de carbono, eficiencia y consumo energético casi nulo, etc., etc.
Otros colegas, más espesos, se dispersan en exotéricas explicaciones cocidas en el crisol de sus manías personales, casi siempre bastante simples, y las ultimas calenturas mentales rescatadas de alguna IA ( es posible leer, como base teórica de un proyecto, frases como “la fusión digital de infraestructuras de alta densidad con biologías regenerativas”).
Y muchos otros arquitectos, bastantes, como nos recordaba un gran profesor en nuestra Escuela de Arquitectura, no tienen gran cosa que decir
También la critica especializada, y la no tanto, acompaña y difunde este torrente de supuestos axiomas en sus ensayos y publicaciones, redes sociales, revistas y demás parafernalia de la comunicación. Esta critica, demasiado atenta a lo crematístico y a su afán por atraer el máximo de los “me gusta”, suele caer en los mismos y repetidos estereotipos incluso orillando el riesgo de aburrir hasta a sus mas pacientes seguidores.
En conclusión, quien más y quien menos busca sus teorías y razones en esto de la arquitectura.
Y uno, comprendiendo las múltiples aristas que tiene nuestra querida profesión, puede compartir y hasta parecerle de razón muchos de estos argumentos y piensa que, ciertamente, se deben cuidar y tener en cuenta.
Pero también sospecha que algo falta. Porque, en este torrente de teorías y programas, solo en contadas ocasiones existe alguna referencia directa al cliente o al usuario. Y apenas, raramente, se conjugan y realzan conceptos principales e ineludibles, que debieran estar presentes en toda arquitectura, como son el espíritu de servicio y de utilidad a las necesidades reales del ciudadano.
Estos nobles deseos, servicio y utilidad, que si bien aun se mantienen en muchos de los manuales y códigos éticos de la profesión, en consonancia con la tradición humanística que siempre ha tenido esta, parecen hoy bastante olvidados o ninguneados. Y, desde luego, siempre supeditados a la preeminencia de practicas más glamurosas que, por soberbia o por ligereza mental, los arquitectos desarrollan y ejecutan autónomamente y sin encomendarse a nadie.
Cierto que en el imaginario de la profesión aun queda algún rescoldo de aquellos principios que, en tiempos no muy lejanos, fueron piedra angular en el ejercicio de la arquitectura. Incluso el Movimiento Moderno recogió inquietudes en esta línea y, en un paso más, los próceres arquitectos racionalistas de principios del siglo pasado remarcaron su confianza en la capacidad de su arquitectura para cambiar el mundo y hacer más feliz al nuevo hombre del momento. Pero aquellas proclamas fueron quedando arrumbadas en los ribazos del camino y parecen hoy, en los tiempo de supremacía de la máxima rentabilidad, no interesar demasiado. También es justo indicar que aquellos ideales partían con un pecado original que se mantiene en el tiempo. Eran arquitecturas dirigidas al nuevo hombre pero, que en sus ansias de internacionalidad, apenas contaban con las circunstancias particulares de este (tradición, lugar, cultura, historia, clima, etc.).
Naturamente, ante este panorama el sufrido ciudadano, ignorado o defraudado, tiende a desconectar de la arquitectura, o mejor dicho, de lo que le dicen que es la arquitectura.
Afortunadamente, frente a estas arquitecturas con evidentes rasgos de deshumanización han existido, y existen, notables excepciones y claros modelos del ejemplo contrario. Este es el caso del arquitecto Luigi Caccia Dominioni (Milán 1913 – Milán 2016) para quien, tal como el mismo explicitaba constantemente en sus entrevistas y conversaciones, siempre primó el espíritu de servicio y la atención al usuario. Ello, unido a una personal elegancia formal, de grandísima altura, hace que la arquitectura de Caccica Dominioni sea magnifica y totalmente actual.
¿Qué significaba para Caccia Dominioni este espíritu de servicio?. Para ello debe entenderse la humildad y la empatía con que el arquitecto milanés se acercaba a su oficio y a sus clientes, y como hacía de ello la fuerza motriz de sus trabajos :
“ Yo intento hacer la casa como uno siente necesitarla; lo mío es un servicio, conocer las motivaciones del cliente me ayuda a realizar mi trabajo lo mejor posible. Solamente cuando tengo completo el cuadro de las necesidades y de las aspiraciones cojo de la mano el proyecto y lo dirijo hacia aquellas soluciones que me parece que responden mejor a las necesidades del cliente y de su familia....” (1)


