APUNTES PARA UNA ARQUITECTURA AUSENTE

APUNTES PARA UNA ARQUITECTURA AUSENTE



IMPENITENTE : Adjetivo. Que persevera en un hábito.
AUSENTE : Nombre común. Aplicado a personas o cosas. De lo que se ignora si vive todavía o donde está



"Un artista verdadero es alguien que está preocupado por muy pocas cosas."
Aldo Rossi


"No habrá otro edificio"
Louis Kahn


“Nada es tan peligroso en la arquitectura como tratar los problemas por separado”
Alvar Aalto


“Beauty is fitness expressed”
Sir Walter Armstrong


lunes, 10 de noviembre de 2014

HISTORIAS DE LA ESCUELA DE ARQUITECTURA DE VALENCIA (2). EL DIBUJO.



En nuestra Escuela de Arquitectura teníamos un profesor de Análisis de Formas que a la goma de borrar le llamaba el lápiz negativo. Era realmente un chistoso pero se enrollaba bien y a nosotros nos gustaba. 

En una ocasión, y con afán de descubrir nuevas técnicas, nos propuso dibujar con caña. A tal efecto cada cual se consiguió su cañita (era muy fácil porque las huertas lindaban con la Escuela) y, cual maestros del arte chino o japonés, grafiábamos extrañas figuras mojando la caña de la botellita de tinta china. Cada cual hacia el garabato que le parecía mas delirante y al rato semejábamos monjes del Tibet en búsqueda del nirvana. Hasta que llegó el Jefe del Departamento, a media mañana, y llamando  exasperadamente por su nombre de pila al profesor, le dijo que ya "estaba bien" (de aquellas sandeces quería decir).

Pero a nosotros nos gustaban estas nuevas experiencias. Sobre todo porque como aquello no había quien lo entendiera, era imposible el distinguir entre los dibujos buenos o malos.

Estos recuerdos me hacen rememorar que es lo que se entendía por el dibujo y la expresión grafica en nuestra Escuela, y como era tratado este arte por unos y otros.

Mi contacto inicial con la disciplina fue, cuando el primer día de clase, una estupenda profesora nos animó a que dibujáramos lo que nos sugería las palabras "Crak" y "Aloha". Así lo hicimos y empezaron a surgir una infinidad de dibujos con representaciones de cristales rotos y edificios cuarteados junto a escultóricas hawaianas con ristras de flores y cielos azules. Recuerdo que esto solo duró también aquella única mañana porque, cuando llego el Jefe del Departamento (el mismo de antes), se acabaron inmediatamente estas fantasías psíquico-gráficas y tuvimos que desempolvar nuestras cajas de lápices y gomas para dibujar, como ejercicio de iniciación y durante muchos días, las sillas del aula. Nuestra proyección telúrica se acabó en apenas media jornada.

Porque lo que realmente le interesaba al Jefe del Departamento era, además de lo de las tediosas sillas, el iniciarnos en técnicas más académicas, como la sanguina o el carboncillo, y en temas clásicos como las naturalezas muertas y cosas así, para para llegar, tras procelosos caminos, al sumun de la disciplina que debería ser el dibujar el cuerpo humano, o sea la "estatua". ( A la que en mi clase nunca se llegó por la escasez de tiempo disponible de aquellos escuálidos semestres docentes por los que transitábamos ).
 
Así que, dócilmente y tras el periplo de las sillas, nos aplicábamos en dibujar viejas molduras de yeso floreadas o alambicados escorzos y detalles ornamentales de eclécticos edificios con las pringosas y pegajosas barritas de negro grafito o de sanguinolenta sepia. Como nadie nos explicaba exactamente como se manejaba aquello y se pasaba, en un plis-play, de los asépticos dibujos de las sillas, con lápiz y goma, a estos trabajos "más técnicos", cada cual se defendía como podía. Unos, cabalgando sobre el vertical tablero y el inestable caballete, equipados con guantes de látex y blancos guardapolvos, y cual audaces espadachines pergeñando trazos y encajes a base de sablazos sobre el papel. Y otros, sin tanta experiencia en esgrima, apoyando torpemente pecho, codos y antebrazos sobre el rígido cartoncillo y con distorsionadas posturas más cercanas al kamasutra que a la elegancia con que debe manejarse un artista. 

Lo malo era que aquello del carboncillo y las sepias era difícilmente rectificable una vez lanzada la maldita traza por lo que en más de una ocasión, tras múltiples borrones y manchas, el bosquejo resultaba ininteligible y se debía volver a comenzar sobre nuevas y vírgenes láminas. Y también, si además, tenias la desgracia de que el profesor de turno, en un alarde de personal y descabellada auto exhibición, acabara de estropearte el dibujo con algún trazo magistral de su propia cosecha. Hubo días en que, a fuerza de tan repetidas maniobras, uno no pasaba del rotulado inicial. Como tampoco teníamos mayor experiencia, y allí no se perdía el tiempo en sustanciales explicaciones, los primeros dibujos de edificios me salían como si los hubiera dibujado por la noche y con las luces encendidas tras las ventanas.

Pero lo más divertido fue cuando pasamos al retrato (ya digo que a la estatua ni llegamos). Porque, para economizar medios y recursos, y dada la escasez de voluntarios disponibles, la técnica del retrato se transmutaba directamente en el ejercicio del autorretrato.

Así que, con foto propia o con espejo (este solo lo utilizaban los más expertos), intentábamos captar nuestras propios rasgos y facciones. Tras largas horas de esfuerzo, y a excepción algún compañero tocado por lo divino, en general nadie se parecía a nadie ni por asomo. Pero como éramos un poco pseudo-intelectuales y bastante pedantes, la coartada consistía en explicarle al profesor que lo que habíamos dibujado no era nuestro fidedigno autorretrato (cuestión rutinaria al fin y al cabo), sino que lo buscábamos era el plasmar lo profundo de nuestro ser y lo más recóndito de nuestra alma. Como esto casi nunca colaba, el descalabro final estaba asegurado. (Aunque algún que otro profesor, tampoco nos enseñó nunca su propio autorretrato del que presumía tener).

Todos estos infructuosos aprendizajes se realizaban durante el primer semestre a resguardo y cobijo en las aulas de dibujo (talleres les llamábamos). En el segundo salíamos al exterior para croquizar, en directo y del natural, los modelos y las composiciones arquitectónicas que la ciudad nos ofrecía. Y entonces, con guantes y bufanda, o camiseta y chanclas, según la estación del año, se comprendía lo abracadabrante de esta disciplina.

Los temas propuestos, en aquellas salidas grupales, solían ser los florones y pilastras diseminadas por aquí y por allá en parques y jardines y, hacia el final del semestre, portadas de iglesias, alzados de flamígeros claustros góticos o fuentes barrocas y exuberantes. El material de trabajo era una lámina de papel (Guarro A3) dispuesta sobre el ambulante tablero de madera. La técnica consistía en saber deslizar bien el portaminas de grafito sobre el canto del tablero, mediante los dedos anular y corazón, para que las líneas salieran los más rectas y paralelas posibles. La postura era incomoda y hasta ridícula y más parecíamos estar acunando y meciendo el tablero y el papel que dibujando excelsas formas clásicas.

Como los croquis tenían que estar perfectamente proporcionados, y parecerse más a un trabajo de delineado con escuadra y cartabón que a una toma de datos para su posterior pase a tinta en clase, la maestría para alcanzar el dibujo sublime solo se obtenía, y no en todos los casos, tras muchas horas de repetición en jornadas extraescolares, algún que otro semestre repetido y muchas tiritas de gasa sobre los sufridos dedos.

La sesiones de las clases de croquizado duraban cuatro horas ininterrumpidas, sin descanso alguno, durante las cuales los alumnos,- cincuenta o sesenta discentes-, revoloteábamos espasmódicamente, y sin tregua, alrededor del tema elegido y, como posesos, cada cual absorto en su tarea y empleando la técnica de proporcionar y grafiar que creía mas solvente. Unos, distanciándose del modelo y buscando lejanas perspectivas, con el brazo extendido y el portaminas como unidad de medida, confrontaban alturas con anchuras para el supuesto encaje general. Otros, desde la inmediata cercanía, examinando en corto espesores o encuentros para los detalles explicativos. Y todos, fervorosamente, intentando retener y volcar en el papel las ocultas proporciones y las razones, formales y constructivas, de aquel amasijo de podios, capiteles, metopas, frontones, basamentos, volutas, arquitrabes, frisos, aleros, cornisas y demás fauna compositiva que se nos mostraba, desparramada e ingobernable, ante nuestros inexpertos ojos de aprendices.

Pero lo más esperpéntico y enervante de aquellas sesiones era el tema de las proporciones. Este era un aspecto en el que no se admitía el error más mínimo y en donde los suspensos solían ser generalizados y apoteósicos, e incluso, con algún que otro comentario humillante a soportar por el sufrido el alumno. Por supuesto, no se nos hablaba de los ordenes clásicos, ni de sus características o leyes, y sospecho que todavía alguno de aquellos nefastos docentes debe albergar dudas de si los ordenes clásicos son solo tres o alguno  más.  

Pero a grandes males grandes remedios. Tal como los experimentados repetidores nos transmitían, lo fundamental, para salvar aquellos continuos fracasos y superar el examen con un croquis perfectamente proporcionado, era saber con antelación el tema que se iba a dibujar. 

Así que, cuando se nos citaba en una u otra esquina de cualquier calle de la ciudad. para la fatídica clase semanal de croquizado, el día anterior un rosario de alumnos de "la cofradía del dedo deslizante sobre el tablero" recorríamos las proximidades del punto de concentración buscando todos las bancos, fuentes, florones y portadas cercanas para su previa medición in situ (con cinta métrica y escalera) y tener así, y por adelantado, las deseadas proporciones en forma exacta y sin posibilidad de error.

Hasta existían unos secretos libritos, con los croquis habituales acotados y medidos, que pululaban silenciosamente entre los alumnos y que se intercambiaba como cromos. Hubo quienes los tenían memorizados tan magistralmente que sabían decirte, sin titubear, la relación entre la base, el fuste y el capitel de la más recóndita columna de determinado claustro, o la altura de una inaccesible hornacina, base incluida, y de las metopas y triglifos de cualquier portada local..¡ Aquello si que era erudición por pura acumulación memorística y real empirismo !. Los que éramos incapaces de almacenar tanto número y casuística usábamos unas mini-chuletas, con micro-dibujos acotados, que manejábamos, semiocultos, entre el tablero los guantes y la bufanda.

Tras tanta guisa, con el croquis dibujado y proporcionado con una seguridad matemática irrebatible (fruto de su medición real previa) y trasladado perfectamente al papel con la precisión de un relojero suizo, la sorpresa y el esperpento se producía cuando en su corrección, la semana siguiente, el profesor te decía que aquello no estaba bien proporcionado y te ponía un cero (o un uno). Los suicidios mentales, por natural incomprensión, eran muy generales. Y, a la vista de lo que sucedía, el despiste y la arbitrariedad docente que nos tocó por aquellos tiempos, aun mayor.

Y en estas andábamos. Tras todas estas batallitas, desgraciadamente, ya no habían más asignaturas de dibujo en los cursos siguientes y cada uno se las tuvo que arreglar como pudo. La deseada expresión gráfica se quedó, en mi caso, en puro balbuceo.

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